NOTAS DE ELENA 2013

Jueves 7 de febrero:

Gracia y juicio en el Edén: Parte 2

Los que logren la victoria finalmente vivirán una vida que se equipara con la de Dios y se ceñirán la corona del vencedor. Puesto que nos aguarda esta grande y eterna recompensa, deberíamos correr con paciencia la carrera, mirando a Jesús, el autor y consumador de nuestra fe (Cada día con Dios, p. 175).

Las glorias que esperan a los fieles vencedores están por encima de cualquier descripción. El Señor los honrará y exaltará grandemente. Crecerán como el cedro y su entendimiento sin duda irá en aumento. Y a medida que vayan avanzando en las etapas del conocimiento, sus expectativas quedarán por debajo de la realidad. “Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman” (1 Corintios 2:9). Nuestra tarea ahora es alistarnos para aquellas mansiones que Dios está preparando para los que lo aman y guardan sus mandamientos (Alza tus ojos, p. 149).

Cuando Satanás  escuchó  las  palabras: “Pondré  enemistad  entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar” (Génesis 3:15), comprendió que el ser humano recibiría el  poder para resistir a sus tentaciones. También comprendió que su  pretendida  posición  de  ser  el  príncipe del nuevo mundo creado sería derrotada, y que él y sus ángeles serían definitivamente vencidos. Sus sentimientos de seguridad y poder se desvanecieron. Aunque Adán y Eva habían cedido a sus tentaciones y su posteridad  sentiría la fuerza de su s asaltos, no serían dejados sin un ayudador. El Hijo de Dios vendría a este mundo para ser tentado, pero para vencer en nuestro beneficio.

Solo hay enemistad entre los seres humanos caídos y Satanás cuando aquéllos se colocan del lado de Dios y obedecen su ley; cuando reciben poder para enfrentar sus ataques mediante los méritos y el sacrificio de Cristo. “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16). El Hijo de Dios, en su naturaleza humana, fue tentado en todo como nosotros, pero enfrentó y resistió los asaltos del enemigo. Con la fuerza que él les da, los seres humanos pueden ganar la victoria sobre el tentador y descubrir sus engaños y artificios. Al aceptar a Cristo como su Salvador personal, pueden permanecer firmes ante las tentaciones del enemigo. Si aceptan los principios del cielo y permiten que Cristo llene su corazón y mente con el deseo de obedecer la ley de Jehová, llegarán a la vida eterna (Review and Herald, 3 de mayo, 1906).

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