Mujeres

¡Alaben al Señor, naciones todas! ¡Pueblos todos, cántenle alabanzas! ¡Grande es su amor por nosotros! ¡La fidelidad del Señor es eterna! ¡Aleluya! ¡Alabado sea el Señor! Salmo 117

Los niños del barrio les gustaba ir a la casa de José. Parecía tener un encanto especial que los atraía. Los niños llamaban a la vivienda de José “la casa que canta”. ¿Se trataría acaso de un lugar mágico? Pues por supuesto que era un lugar mágico. La mamá de José siempre cantaba mientras hacía sus quehaceres diarios, y eso generaba una atmósfera muy especial que fascinaba a los pequeños.

Amiga, ¿pueden decir tu esposo, tus hijos o tus amigos que tu casa canta? ¿Hay un espíritu de alabanza que haga que sus habitantes gocen del ambiente físico y emocional de tu hogar? ¿O por el contrario, tu presencia lóbrega y mustia tiende un manto de hostilidad y frialdad en el ambiente? Todas hemos sido creadas por el Señor con la capacidad de cantar, de reír y de gozar de la vida. Estos son dones que debemos cultivar hasta que se transformen en hábitos. Posiblemente nunca llegaremos a cantar en la Ópera Garnier de París, pero todas podemos tararear una canción de cuna para calmar la irritabilidad de un bebé. Las aves cantan en la mañana y al anochecer. Haz lo mismo, despierta a los niños para ir a la escuela con una canción, antes de regañarlos. Generarás un ambiente agradable, y los chicos tendrán un día feliz. Por las noches prepara a tu familia para ir a dormir entonando una suave melodía que, con palabras suaves y sencillas, les ayude a tener dulces sueños. Canta para ti misma cuando estés sola, o te sientas sola. A media voz di “Oh cuán dulce es fiar en Cristo y entregarle todo a él”; pronto te darás cuenta de que las faenas del día se alivianan y una alegría especial inunda tu estado de ánimo. Cuando cantamos cerramos la puerta al pesimismo, la tristeza y el dolor. Por el contrario, abrimos de par en par las ventanas de nuestro hogar y nuestro corazón a la alegría, el optimismo y los buenos deseos.

Hermana, que tu pensamiento para hoy sea semejante al del salmista David, cuando exclamó: “Firme está, oh Dios, mi corazón; ¡voy a cantarte salmos, gloria mía! ¡Despierten, arpa y lira! ¡Haré despertar al nuevo día!” (Sal. 108:1-2).

LECTURAS DEVOCIONALES PARA LA MUJER

ALIENTO PARA CADA DÍA

Por: Erna  Alvarado

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