NOTAS DE ELENA 2013

El matrimonio, una metáfora para la iglesia

Tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, la relación matrimonial se emplea para representar la unión tierna y sagrada que existe entre Cristo y su pueblo. En el pensar de Cristo, la alegría de las festividades de bodas simbolizaba el regocijo de aquel día en que él llevará la Esposa a la casa del Padre, y los redimidos juntamente con el Redentor se sentarán a la cena de las bodas del Cordero. Él dice: “De la manera que el novio se regocija sobre la novia, así tu Dios se regocijará sobre ti”. “Ya no serás llamada Dejada… sino que serás llamada mi Deleite… porque Jehová se deleita en ti”. “Jehová… gozaráse sobre ti con alegría, callará de amor, se regocijará sobre ti con cantar”. Cuando la visión de las cosas celestiales fue concedida a Juan el apóstol, escribió: “Y oí como la voz de una grande compañía, y como el ruido de muchas aguas, y como la voz de grandes truenos, que decía: Aleluya: porque reinó el Señor nuestro Dios Todopoderoso. Gocémonos y alegrémonos y démosle gloria; porque son venidas las bodas del Cordero, y su esposa se ha aparejado”. “Bienaventurados los que son llamados a la cena del Cordero” (El Deseado de todas las gentes, p. 125).

La iglesia es la desposada, la esposa del Cordero. Debe conservarse pura, santificada, santa. Nunca debe complacerse en ninguna necedad, pues es la novia de un Rey; sin embargo, no comprende su excelsa posición. Si lo entendiera, internamente estaría llena de toda gloria (Comentario bíblico adventista, tomo 7, pp. 996, 997).

Dios considera a la iglesia como su cuerpo; como la novia y la esposa del Cordero. Dios es el Padre de esa familia; el pastor de ese rebaño. Sin embargo nadie se salvará por tener una conexión externa con la iglesia. Es la fe en un Salvador personal lo que lleva al alma a una unión con Cristo. Esta es la verdadera enseñanza que Cristo declaró en el capítulo seis del Evangelio de Juan (Manuscript Releases, tomo 16, p. 277).

En la Biblia, el carácter sagrado y permanente de la relación que existe entre Cristo y su iglesia está representado por la unión del matrimonio. El Señor se ha unido con su pueblo en alianza solemne, prometiendo él ser su Dios, y el pueblo a su vez comprometiéndo­se a ser suyo y solo suyo. Dios dice: “Te desposaré conmigo para siempre: sí, te desposaré conmigo en justicia, y en rectitud, y en misericordia, y en compasiones” (Oseas 2:19, V. M.). Y también: “Yo soy vuestro esposo” (Jeremías 3:14). Y San Pablo emplea la misma figura en el Nuevo Testamento cuando dice: “Os he despo­sado a un marido, para presentaros como una virgen pura a Cristo” (2 Corintios 11:2).

La infidelidad a Cristo de que la iglesia se hizo culpable al dejar enfriarse la confianza y el amor que a él le unieran, y al permitir que el apego a las cosas mundanas llenase su alma, es comparada a la violación del voto matrimonial. El pecado que Israel cometió al apartarse del Señor está representado bajo esta figura; y el amor maravilloso de Dios que ese pueblo despreció, está descrito de modo conmovedor: “Te di juramento y entré en pacto contigo, dice Jehová el Señor; y viniste a ser mía”. “Y fuiste sumamente hermo­sa, y prosperaste hasta llegar a dignidad real. Y salió tu renombre entre las naciones, en atención a tu hermosura, la cual era perfecta, a causa de mis adornos que yo había puesto sobre ti… Mas pusiste tu confianza en tu hermosura, y te prostituiste a causa de tu renombre”. “Así como una mujer es desleal a su marido, así vosotros habéis sido desleales para conmigo, oh casa de Israel, dice Jehová”. “¡Ah, mujer adúltera, que en vez de tu marido admites los extraños!” (Ezequiel 16:8,13-15, 32; Jeremías 3:20, V. M.) (El conflicto de los siglos, pp. 431, 432).

 

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