Notas de Elena - Libro - Segundo trimestre 2013 - Escuela Sabática

Notas de Elena – Libro – Segundo trimestre 2013 – Escuela Sabática

Todo culto falso es adulterio espiritual. El segundo precepto, que prohíbe el culto falso, es también una orden de adorar a Dios y servirle solo a él. El Señor es un Dios celoso. Nadie lo tratará con ligereza impunemente. Ha hablado acerca de la manera en que debiera rendírsele culto. Detesta la idolatría pues su influencia es corruptora: envilece la mente y conduce a la sensualidad y a toda clase de pecados (Comentario bíblico adventista, tomo 1, p. 1120).

Deshonra a Dios el que se haga una imagen de él. Nadie debiera usar el poder de la imaginación para adorar lo que empequeñece a Dios en la mente y lo relaciona con cosas vulgares. Los que adoran a Dios deben adorarlo en espíritu y en verdad. Deben practicar una fe viva. De esta manera su culto será regido por una fe genuina y no por la imaginación.

Que los hombres adoren y sirvan al Señor Dios, y solo a él. No se ensalce el orgullo egoísta ni sea servido como un Dios. No se haga del dinero un Dios. Si la sensualidad no es mantenida bajo el control de las facultades superiores de la mente, las bajas pasiones gobernarán al ser. Cualquier cosa que se convierta en objeto de atención y admiración indebidas, que absorba la mente, es un Dios que se escoge antes que al Señor. Dios es un escudriñador del corazón. El distingue entre el verda­dero servicio del corazón y la idolatría (Comentario bíblico adventista, tomo 4, p. 1167).

En cualquier momento Dios puede retirar de los impenitentes las prendas de su misericordia y amor maravillosos.

¡Ojalá los seres humanos pudieran considerar cuál será el resultado seguro de su ingratitud para con Dios y de su desprecio del don infinito de Cristo para nuestro mundo! Si continúan amando la transgresión antes que la obediencia, las bendiciones presentes y la gran misericordia de Dios de que ahora disfrutan, pero que no aprecian, finalmente serán la causa de su ruina eterna. Por un tiempo podrán elegir dedicarse a diversiones mundanas y placeres pecaminosos antes que a refrenarse en su senda de pecado, y vivir para Dios y para el honor de la Majestad del cielo. Pero cuando sea demasiado tarde para que vean y comprendan lo que han menospreciado como algo baladí, sabrán lo que significa estar sin Dios y sin esperanza; entonces se darán cuenta de lo que han perdido al elegir ser desleales a Dios y mantenerse en rebelión contra sus man­damientos (Comentario bíblico adventista, tomo 4, p. 1168).

Al profeta, mientras miraba a través de las edades, se le presentó este tiempo en visión. Las naciones de esta época han recibido miseri­cordia sin precedentes. Les han sido dadas las bendiciones más selectas del cielo, pero el orgullo intensificado, la codicia, la idolatría, el des­precio de Dios y la vil ingratitud, son cosas anotadas contra ellas. Están cerrando rápidamente su cuenta con Dios.

Pero lo que me hace temblar es el hecho de que aquellos que han tenido la mayor luz y los mayores privilegios han sido contaminados por la iniquidad prevaleciente. Bajo la influencia de los injustos que los rodean, muchos, aun de entre los que profesan la verdad, se han enfriado y son arrastrados por la fuerte corriente del mal. El desprecio universal en que se tiene la verdadera piedad y santidad, induce a los que no se relacionan estrechamente con Dios a perder la reverencia a su ley. Si estuviesen siguiendo la luz y obedeciendo de todo corazón a la verdad, esta santa ley les parecería aún más preciosa cuando tanto se la desprecia y desecha. A medida que la falta de respeto por la ley de Dios se vuelve más manifiesta, se hace más distinta la raya de demar­cación entre sus observadores y el mundo. El amor hacia los preceptos divinos aumenta en una clase de personas en la medida en que en otra clase aumenta el desprecio hacia ellos (Joyas de los testimonios, tomo 2, pp. 63, 64).

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