Notas de Elena - Libro - Segundo trimestre 2013 - Escuela Sabática

Notas de Elena – Libro – Segundo trimestre 2013 – Escuela Sabática

¡Tocad trompeta!

El ayuno que la Palabra de Dios ordena es algo más que una formalidad. No consiste meramente en rechazar el alimento, vestirse de cilicio, o echarse cenizas sobre la cabeza. El que ayuna verda­deramente entristecido por el pecado no buscará la oportunidad de exhibirse.

El propósito del ayuno que Dios nos manda observar no es afligir el cuerpo a causa de los pecados del alma, sino ayudamos a percibir el carácter grave del pecado, a humillar el corazón ante Dios y a recibir su gracia perdonadora. Mandó a Israel: “Rasgad vuestro corazón, y no vuestros vestidos, y convertíos a Jehová vuestro Dios”.

A nada conducirá el hacer penitencia ni el pensar que por nuestras propias obras mereceremos o compraremos una heredad con los san­tos. Cuando se le preguntó a Cristo: “¿Qué debemos hacer para poner en práctica las obras de Dios?”, él respondió: “Esta es la obra de Dios, que creáis en el que él ha enviado”. Arrepentirse es alejarse del yo y dirigirse a Cristo; y cuando recibamos a Cristo, para que por la fe él pueda vivir en nosotros, las obras buenas se manifestarán (El discurso maestro de Jesucristo, p. 75).

“He aquí, bienaventurado es el hombre a quien Dios castiga; por tanto, no menosprecies la corrección del Todopoderoso. Porque él es quien hace la llaga, y él la vendará; él hiere, y sus manos curan” (Job 5:17, 18).

Nuestro Padre celestial no aflige o lastima voluntariamente a los hijos de los hombres. Tiene su propósito en el torbellino y en la tor­menta, en el incendio y en la inundación. El Señor permite que vengan calamidades sobre su pueblo para salvarlo de mayores peligros. Desea que cada uno examine su corazón estrecha y cuidadosamente, y enton­ces se acerque a Dios para que Dios pueda acercarse a él.

Nuestra vida está en las manos de Dios. El ve peligros que nos amenazan que nosotros no podemos ver. Es el dador de todas nuestras bendiciones; el proveedor de todas nuestras misericordias; el ordena­dor de todas nuestras experiencias… Puede permitir que vengan sobre su pueblo lo que llena su corazón con tristeza, porque ve que éste necesita enderezar la senda para sus pies, no sea que el cojo se salga del camino. Conoce nuestra condición y recuerda que somos polvo. Aun los mismos cabellos de nuestra cabeza están contados. El obra a través de las causas naturales para enseñar a su pueblo a recordar que no lo ha olvidado, sino que desea que abandone el camino que si le fuera permitido seguir de un modo desenfrenado y sin reproche, los conduciría a gran peligro. Las pruebas nos llegan a todos para indu­cimos a investigar nuestros corazones, para ver si están purificados de todo lo que contamina. El Señor está constantemente trabajando para nuestro bien presente y eterno. Ocurren cosas que nos parecen inex­plicables, pero si confiamos en el Señor y esperamos pacientemente en él, humillando nuestros corazones delante de él, no permitirá que el enemigo triunfe…

Cada alma que es salvada debe participar con Cristo en sus sufri­mientos para que pueda participar con él en su gloria. Cuán pocos comprenden por qué Dios los somete a prueba. Es por la prueba de nuestra fe como obtenemos fortaleza espiritual. El Señor procura educar a su pueblo para apoyarse enteramente en él (En lugares celes­tiales, p. 265).

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