NOTAS DE ELENA 2013

Dios está perpetuamente en acción en la naturaleza. Ella es su sierva; la dirige como él quiere. La naturaleza testifica en su obra la presencia inteligente y la acción activa de un Ser que se mueve en todas sus obras de acuerdo con su voluntad. No es por un poder original inherente en la naturaleza por lo que año tras año la tierra produce abundantemente y el mundo continúa su marcha perenne alrededor del sol. La mano del poder infinito está perpetuamente en acción guiando este planeta. El poder de Dios, que se ejerce momento tras momento, es el que lo mantiene en su rotación. El Dios del cielo está constantemente en acción. Su poder es el que hace que prospere la vegetación, que aparezca cada hoja y abra cada flor. No es por el resultado de un mecanismo, que una vez puesto en acción continúa su obra, por lo que late el pulso y un aliento sigue al otro. En Dios vivimos y nos movemos y somos. Cada aliento, cada latido del corazón es la continua evidencia del poder de un Dios omnipresente. Es Dios el que hace que salga el sol en los cielos. Él abre las ventanas del cielo y da lluvia. Él hace que crezca la hierba en las montañas. “Da la nieve como lana, y derrama la escarcha como ceniza ” (Salmo 147:16). “A su voz se produce muchedumbre de aguas en el cielo… hace los relámpagos con la lluvia, y saca el viento de sus depósitos” (Jeremías 10:13). Aunque el Señor ha cesado de su obra de creación, continuamente está en acción sosteniendo y usando, como a sus siervos, las cosas que ha hecho. Dijo Cristo: “Mi Padre hasta ahora trabaja, y yo trabajo” (Comentario bíblico adventista, tomo 6, p. 1062).

 

No es por un poder inherente por lo que año tras año produce la tierra sus frutos y sigue en su derrotero alrededor del sol. La mano de Dios guía a los planetas y los mantiene en posición en su marcha ordenada a través de los cielos. Es su poder el que hace que el verano y el invierno, el tiempo de sembrar y de recoger, el día y la noche se sigan uno a otro en sucesión regular. Es por su palabra como florece la vegetación, y como aparecen las hojas y las flores llenas de lozanía. Todo lo bueno que tenemos, cada rayo del sol y cada lluvia, cada bocado de alimento, cada momento de la vida, es un regalo de amor (El discurso maestro de Jesucristo, p. 65).

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