Mujeres

Con sabiduría se construye la casa; con inteligencia se echan los cimientos. Con buen juicio se llenan sus cuartos de bellos y extraordinarios tesoros. El que es sabio tiene gran poder, y el que es entendido aumenta su fuerza. La guerra se hace con buena estrategia; la victoria se alcanza con muchos consejeros. Proverbios 24:3-6

Nunca olvidare la actitud que asumió mi madre el día que, por querer ayudarla, rompí un hermoso florero que era un recuerdo de su hermana. Fue un desafortunado accidente, y yo de inmediato me llene de temor; ya me imaginaba el castigo que seguramente me esperaba. Pero sucedió todo lo contrario. Me acuerdo de que mi madre tomo mi rostro entre sus manos y, con sincera ternura, me dijo: “Era un florero muy viejo, que bueno que se rompió”. A mis cortos anos comprendí con mucha claridad que yo era más importante que un recuerdo familiar o un adorno. Aquella actitud reforzó mi sentido de valía personal, y todavía lo hace cada vez que recuerdo el incidente. A veces nos empeñamos y desgastamos para obtener cosas, supuestamente para dar bienestar y comodidad a los miembros de nuestra familia, pero a la larga se transforman en instrumentos de tortura. Los niños no tienen acceso a las comodidades de la casa, porque están reservadas para las visitas. Muchas veces cuidamos obsesivamente los bienes que hemos adquirido: los muebles nuevos de la sala, la alfombra, las cortinas recién compradas, la vajilla de porcelana, etcétera, son intocables, y si alguien los daña, aun sin querer, es sancionado cruelmente.

Si las madres queremos tener a nuestros hijos cerca de nosotras, hemos de hacerlos sentir importantes. Explicarles que el cuidado esmerado que tenemos por la casa, la limpieza, el orden y el buen trato de los enseres, está motivado por el deseo de que ellos se sientan cómodos, importantes y especiales en su hogar. Una casa hermosa, limpia y ordenada honra a Dios, y debe estar al servicio de sus moradores. Cuando sucede lo contrario, maltratamos el legado más precioso que el Señor nos ha dado.

Estoy segura de que toda madre ama entrañablemente a sus hijos, y los reconoce como “herencia del Señor” (Sal. 127:3), pues ellos son los que merecen toda nuestra energía, tiempo y cuidado. Sin embargo, a veces olvidamos que son nuestra mejor inversión, y es de ellos que daremos cuenta delante de Dios. Procuremos entonces, con toda diligencia, cuidar de lo que perdurara hasta la eternidad y no de las cosas perecederas.

LECTURAS DEVOCIONALES PARA LA MUJER

ALIENTO PARA CADA DÍA

Por: Erna  Alvarado

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