NOTAS DE ELENA 2013

Al adquirir conocimiento terrenal, los hombres han pensado ganarse un tesoro; y han puesto a un lado la Biblia, ignorando que ella contiene un tesoro que supera todo lo demás. El no estudiar ni obedecer la Palabra de Dios ha traído confusión al mundo. Los hombres han abandonado la custodia de Cristo por la custodia del gran rebelde, el príncipe de las tinieblas. El fuego extraño se ha mezclado con el sagrado. La acumulación de cosas que favorecen la concupiscencia y la ambición ha traído el juicio del cielo sobre el mundo.

Cuando están en dificultad, los filósofos y los hombres de ciencia procuran satisfacer su mente sin apelar a Dios. Ventilan su  filosofía acerca de los cielos y de la tierra, explicando plagas, pestilencias, epidemias, terremotos y hambres, por sus supuestas ciencias. Las cuestiones relativas a la creación y la providencia procuran  resolverlas diciendo: Es la ley de la naturaleza (Consejos para los maestros, p. 426).

Al par que se hace pasar ante los hijos de los hombres como un gran médico que puede curar todas sus enfermedades, Satanás producirá enfermedades y desastres al punto que ciudades populosas sean reducidas a ruinas y desolación. Ahora mismo está obrando. Ejerce su poder en todos los lugares y bajo mil formas: en las desgracias y calamidades de mar y tierra, en las grandes conflagraciones, en los tremendos huracanes y en las terribles tempestades de granizo, en las inundaciones, en los ciclones, en las mareas extraordinarias y en los terremotos. Destruye las mieses casi maduras y a ello siguen la hambruna y la angustia; propaga por el aire emanaciones mefíticas y miles de seres perecen en la pestilencia. Estas plagas irán menudeando más y más y se harán más y más desastrosas. La destrucción caerá sobre hombres y animales. “La tierra se pone de luto y se marchita”, “desfallece la gente encumbrada de la tierra. La tierra también es profanada bajo sus habitantes; porque traspasaron la ley, cambiaron el estatuto, y quebrantaron el pacto eterno” (Isaías 24:4, 5, V. M.) (El conflicto de los siglos, p. 647).

¡Con cuánta frecuencia oímos hablar de terremotos y ciclones, así como de la destrucción producida por incendios e inundaciones, con gran pérdida de vidas y propiedades! Aparentemente estas calamidades son estallidos caprichosos de las fuerzas desorganizadas y desordena ­ das de la naturaleza, completamente fuera del dominio humano; pero en todas ellas puede leerse el propósito de Dios. Se cuentan entre los instrumentos por medio de los cuales él procura despertar en hombres y mujeres un sentido del peligro que corren (Eventos de los últimos días, p. 29).

 

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