folleto segundo

EL PELIGRO DEL PRIVILEGIO

La intención del mensaje profético de Amós no era que se limitara a la situa­ción de Israel, sino que se expandiera más allá de Israel y de Judá. En el Antiguo Testamento, Israel tenía un derecho especial, pero no exclusivo, sobre Dios.

Lee Amós 3:1 y 2. El hebreo yadá, “conocer” (en el versículo 2), tiene un sentido de intimidad. En Jeremías 1:5, por ejemplo, Dios “conoció” al profeta y lo puso aparte aun antes de nacer. Así fue con Israel. No era solo otra nación entre las naciones, sino que Dios la había puesto aparte con un propósito sagrado. Tenía una relación especial con él.

Dios eligió a Israel y lo sacó de la esclavitud. El éxodo de Egipto fue el evento más importante al comienzo de la historia de Israel como nación. Lo preparó para los actos de redención de Dios y la conquista de la tierra de Canaán. Pero, la prosperidad de Israel lo condujo al orgullo y la complacencia con respecto a su situación privilegiada como pueblo elegido de Dios.

Lee la declaración de Cristo en Lucas 12:47 y 48. ¿Cómo podemos com­prender el principio que se enseña allí: que cuando se abusa de grandes privilegios en la vida, estos serán reemplazados por grandes castigos?

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Bajo inspiración divina, el profeta advierte que por ser Israel el pueblo elegido de Dios debía dar cuenta de sus acciones. Dios decía que la relación de Israel con él llevaba consigo obligaciones, y resultaría en castigos si no cumplían esas obligaciones. En otras palabras, Israel, como pueblo elegido por Dios, era responsable de sus juicios, porque el privilegio acarrea responsabilidades. La elección de Israel no les daba solo una condición privilegiada; debían ser testigos al mundo acerca del Dios que los había bendecido.

“Las iglesias profesas de Cristo de esta generación disfrutan de los más altos privilegios. El Señor nos ha sido revelado con una luz cada vez mayor. Nuestros privilegios son mucho más grandes que los del antiguo pueblo de Dios” (Palabras de vida del gran Maestro, p. 258). Piensa en todo lo que se nos ha dado como adventistas. ¿Por qué nos de­ben hacer temblar las responsabilidades que vienen con estos privilegios? ¿Nos asustan o sencillamente nos hemos acostumbrado a ellos? ¿Somos complacien­tes acerca de lo que se nos ha dado? Si es así, ¿cómo podemos cambiar?

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