Notas de Elena - Libro - Segundo trimestre 2013 - Escuela Sabática

Notas de Elena – Libro – Segundo trimestre 2013 – Escuela Sabática

Cristo vino a este mundo con todos los tesoros del amor eterno. El gran océano del amor divino fluía desde su inmenso centro. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo obraban juntos en beneficio de la raza humana. Todo el poder del universo celestial era puesto en ejecución para llevar adelante el plan de redención. Se erigió la cruz del Calvario, y mientras éramos pecadores, él murió por nosotros, el Justo por los injustos, para que pudiera justificar a todos los que creen en él. Tomó la naturaleza humana para que pudiera participar con nosotros en todas nuestras ten­taciones. Revistió su divinidad de humanidad y soportó la agonía de la cruz para ofrecer su alma como ofrenda por el pecado.

Cristo murió para salvar a un mundo pecador de las seguras con­secuencias de su pecado, y abre su corazón lleno de amor, simpatía y piedad, invitando a los seres caídos a venir a él para recibir el perdón completo y gratuito. Frente a todo el universo celestial, ofrece su carác­ter sin mancha a todos los hombres y mujeres que deseen recibir el amor que brota de su corazón, y envía el Espíritu Santo para impresionar sus mentes y corazones para que amen a sus prójimos como él los amó.

El Señor, en su infinita benevolencia, derrama sus tesoros para sal­var a las almas del pecado, a fin de que puedan llegar a estar unidas con él, e invita a las agencias humanas a cooperar con él en llevar adelante su gran propósito. Quiere que su pueblo tenga el privilegio de hacer avanzar en la tierra la obra que él hizo mientras estuvo aquí. Nos invita a cooperar con él en restaurar y salvar a nuestros prójimos. Desea forta­lecer a la iglesia con todo su poder para que el mundo entero sea rodea­do de la atmósfera de su gracia (Review and Herald, 7 de enero, 1902).

No porque le hayamos amado primero nos amó Cristo a nosotros; sino que “siendo aun pecadores”, él murió por nosotros. No nos trata conforme a nuestros méritos. Por más que nuestros pecados hayan merecido condenación no nos condena. Año tras año ha soportado nues­tra flaqueza e ignorancia, nuestra ingratitud y malignidad. A pesar de nuestros extravíos, de la dureza de nuestro corazón, de nuestro descuido de su Santa Palabra, nos alarga aun la mano.

La gracia es un atributo de Dios puesto al servicio de los seres humanos indignos. Nosotros no la buscamos, sino que fue enviada en busca nuestra. Dios se complace en concedemos su gracia, no porque seamos dignos de ella, sino porque somos rematadamente indignos. Lo único que nos da derecho a ella es nuestra gran necesidad.

Por medio de Jesucristo, el Señor Dios tiende siempre su mano en señal de invitación a los pecadores y caídos. A todos los quiere recibir. A todos les da la bienvenida. Se gloría en perdonar a los mayores peca­dores. Arrebatará la presa al poderoso, libertará al cautivo, sacará el tizón del fuego. Extenderá la cadena de oro de su gracia hasta las simas más hondas de la miseria humana, y elevará al alma más envilecida por el pecado.

Todo ser humano es objeto del interés amoroso de Aquel que dio su vida para convertir a los hombres a Dios. Como el pastor de su rebaño, cuida de las almas culpables y desamparadas, expuestas a la aniquila­ción por los ardides de Satanás (El ministerio de curación, p. 119).

 

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