NOTAS DE ELENA 2013

Al retirarse las aguas de sobre la tierra, las montañas y colinas aparecían desoladas y rodeadas de lodo. Al comenzar el diluvio, hombres y bestias se habían reunido en los lugares más altos de la tierra y ahora, al descender las aguas, los cuerpos muertos estaban disemina­ dos en montes y valles, los que podrían descomponerse e infectar la atmósfera, haciendo de la tierra un vasto cementerio. Pero Dios envió un viento poderoso para secar las aguas y remover la tierra, la que a su vez cubrió los cuerpos muertos con árboles, rocas y sedimentos. Las piedras y maderas preciosas, el oro y la plata, que habían enriquecido a los habitantes y les habían permitido adornar sus casas antes del diluvio y hacer sus ídolos con ellas, fueron hundidas bajo la superficie de la tierra. Las mismas aguas habían removido rocas y montañas y las habían escondido de la vista de los seres humanos. Dios sabía que cuanto más se enriquecieran y prosperaran, tanto más corromperían sus caminos delante de él. En lugar de glorificar al Dador y adorarlo, adorarían sus tesoros y rechazarían al Creador (Signs of the Times, 13 de marzo, 1879).

Moisés entonces extendió su vara por sobre la tierra, y sopló un viento del este, y trajo langostas.  “En  gran  manera  grave: antes  de ella no hubo langosta semejante, ni después de ella vendrá otra tal”. Llenaron el cielo basta que la tierra se obscureció, y devoraron toda cosa verde que quedaba.

Faraón hizo venir inmediatamente a los profetas y les dijo: “He pecado contra Jehová vuestro Dios, y contra vosotros. Mas ruego ahora que perdones mi pecado solamente esta vez, y que oréis a Jehová vuestro Dios que quite de mí solamente esta muerte”. Así lo hicieron, y un fuerte viento del occidente se llevó las langostas hacia el mar Rojo. Pero aun así el rey persistió en su terca resolución (Patriarcas y profetas, p. 277).

Ezequías rogó que se le concediese alguna señal de que el mensaje provenía del cielo. Preguntó  al profeta: “¿Qué señal tendré de que Jehová me sanará, y que subiré a la casa de Jehová al tercer día?”

El  profeta  contestó: “Esta señal tendrás de Jehová, de que hará Jehová esto que ha dicho: ¿Avanzará la sombra diez grados, o retrocederá diez grados? Y Ezequías respondió: Fácil cosa es que la sombra decline diez grados; pero no que la sombra vuelva atrás diez grados”.

Únicamente por intervención divina podía la sombra del cuadrante retroceder diez grados; y un suceso tal sería para Ezequías indicio de que el Señor había oído su oración. Por consiguiente, “el profeta Isaías clamó a Jehová; e hizo volver la sombra  por los grados que había descendido en el reloj de Acaz, diez grados atrás” (2 Reyes 20:8-10). Habiendo recobrado su fuerza, el rey de Judá reconoció en las palabras de un himno la misericordia de Jehová y prometió dedicar los años restantes de su vida a servir voluntariamente al Rey de reyes…

En los valles fértiles del Tigris y del Éufrates moraba una raza antigua que, aunque se hallaba entonces sujeta a Asiria, estaba destinada a gobernar el mundo. Entre ese pueblo había hombres sabios que dedicaban mucha atención al estudio de la astronomía; y cuando notaron que la sombra del cuadrante había retrocedido diez grados, se maravillaron en gran manera. Su rey, Merodach-baladán, al saber que ese milagro se había realizado como señal para el rey de Judá de que el Dios del cielo le concedía una prolongación de vida, envió embajadores  a Ezequías para felicitarle por su restablecimiento, y para aprender, si era posible, algo más acerca del Dios que podía realizar un prodigio tan grande (Profetas y reyes, pp. 253-255).

 

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