NOTAS DE ELENA 2013

Proteger lo que es precioso

“No cometerás adulterio” (Éxodo 20:14).

Este mandamiento no solo prohíbe las acciones impuras, sino también los pensamientos y los deseos sensuales, y toda práctica que tienda a excitarles. Exige pureza no solo de la vida exterior, sino tam­bién en las intenciones secretas y en las emociones del corazón. Cristo, al enseñar cuán abarcante es la obligación de guardar la ley de Dios, declaró que los malos pensamientos y las miradas concupiscentes son tan ciertamente pecados como el acto ilícito…

Mientras dure la vida, habrá necesidad de guardar los afectos y las pasiones con propósito firme. Ni un solo momento podemos estar segu­ros, a no ser que confiemos en Dios y tengamos nuestra vida escondida en Cristo (Hijos e hijas de Dios, p. 64).

Me fue mostrado que el séptimo mandamiento ha sido violado por algunos que son considerados como miembros de iglesia. Esto ha traído sobre ellos el desagrado de Dios. Este es un pecado horrible en estos últimos días, pero la iglesia [los miembros] ha atraído el desagrado y la maldición de Dios sobre ella por considerar ese pecado tan livianamen­te. Vi que se trata de un pecado enorme y que no se ha llevado a cabo un esfuerzo vigilante como el que debería haberse hecho para no ocasionar el desagrado de Dios y evitar su desaprobación, mediante una disciplina estricta hacia el ofensor.

Ello ha producido una influencia terrible y corrupta sobre los jóvenes. Han visto cuán livianamente ha sido considerado el pecado de quebrantar el séptimo mandamiento. El que ha cometido este horrible pecado piensa que todo lo que tiene que hacer es confesar que fue un error, que lo lamenta, y luego puede gozar de todos los privilegios de la casa de Dios y recibir el abrazo de comunión de la iglesia.

Han llegado a pensar que no se trata de un pecado tan grande, y así consideran livianamente la violación del séptimo mandamiento. Ello era suficiente para retirar del campamento el arca de Dios, en caso que no hubiera habido otro pecado que motivara el alejamiento del arca, debilitando así a Israel.

Los que quebranten el séptimo mandamiento deberían ser suspendidos de la iglesia, no gozar de su comunión, ni de los privi­legios de la casa de Dios. Dijo el ángel: “Este no es un pecado de ignorancia. Es un pecado conocido y recibirá la pavorosa visitación de Dios, no importa si quien lo cometió es una persona de edad o un joven” (Testimonios sobre conducta sexual, divorcio y adulterio, pp. 277, 278).

Los judíos se enorgullecían de su moralidad y se horrorizaban de las costumbres sensuales de los paganos. La presencia de los jefes romanos, enviados a Palestina por causa del gobierno imperial, era una ofensa continua para el pueblo; porque con estos gentiles habían venido muchas costumbres paganas, lascivia y disipación. En Capernaum, los jefes romanos asistían a los paseos y desfiles con sus frívolas mancebas, y a menudo el ruido de sus orgías interrumpía la quietud del lago cuando sus naves de placer se deslizaban sobre las tranquilas aguas. La gente esperaba que Jesús denunciase ásperamente a esa clase; pero con asombro escuchó palabras que revelaban el mal de sus propios corazones.

Cuando se aman y acarician malos pensamientos, por muy en secreto que sea, dijo Jesús, se demuestra que el mal reina todavía en el corazón. El alma sigue sumida en hiel de amargura y sometida a la iniquidad. El que halla placer espaciándose en escenas impuras, cultiva malos pensamientos y echa miradas sensuales, puede contemplar en el pecado visible, con su carga de vergüenza y aflicción desconsoladora, la verdadera naturaleza del mal que lleva oculto en su alma. El momen­to de tentación en que posiblemente se caiga en pecado gravoso no crea el mal que se manifiesta; solo desarrolla o revela lo que estaba latente y oculto en el corazón. “Porque cual es su pensamiento en su corazón, tal es él”, ya que del corazón “mana la vida” (El discurso maestro de Jesucristo, p. 54).

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