Notas de Elena - Libro - Segundo trimestre 2013 - Escuela Sabática

Notas de Elena – Libro – Segundo trimestre 2013 – Escuela Sabática

El Señor hizo un pacto con Israel por el cual, si obedecían sus mandamientos, él les daría la lluvia a su tiempo, la tierra rendiría sus productos, y los árboles del campo, sus frutos. El prometió que la trilla llegaría hasta la vendimia, y la vendimia hasta la siega, y que comerían su pan hasta saciarse y habitarían en su tierra con seguridad. El exter­minaría a sus enemigos. No los aborrecería, sino andaría con ellos, sería su Dios, y ellos serían su pueblo. Pero si ellos desatendían sus mandamientos, los trataría exactamente del modo opuesto. Tendrían su maldición en vez de su bendición. El quebrantaría la soberbia de su orgullo, y haría su cielo como hierro y su tierra como bronce, “Vuestra fuerza se consumirá en vano, porque vuestra tierra no dará su producto, y los árboles de la tierra no darán su fruto. Si anduviereis conmigo en oposición, yo también procederé en contra de vosotros” (Testimonios para la iglesia, tomo 2, p. 583).

Mediante mensajeros fieles, el Señor mandó repetidas amonesta­ciones al rey y al pueblo apóstatas; pero esas palabras de reprensión fueron inútiles. En vano insistieron los mensajeros inspirados en el derecho de Jehová como único Dios de Israel; en vano exaltaron las leyes que les había confiado. Cautivado por la ostentación del lujo y los ritos fascinantes de la idolatría, el pueblo seguía el ejemplo del rey y de su corte, y se entregaba a los placeres intoxicantes y degradantes de un culto sensual. En su ciega locura, prefirió rechazar a Dios y su culto. La luz que le había sido dada con tanta misericordia se había vuelto tinieblas. El oro fino se había empañado (Profetas y reyes, p. 85).

Muchos que llevan el nombre de cristianos sirven a otros dioses además del Señor. Nuestro Creador demanda nuestra dedicación supre­ma, nuestra primera lealtad. Cualquier cosa que tienda a disminuir nuestro amor por Dios o que interfiera con el servicio que le debemos, se convierte en un ídolo. Los ídolos de algunos son sus tierras, sus casas, sus mercaderías. Las actividades comerciales se emprenden con celo y energía, mientras que se deja en segundo plano el servicio de Dios. Se descuida el culto familiar, se olvida la oración secreta. Muchos argumentan que su trato con sus prójimos es justo, y creen que al pro­ceder así han cumplido todo su deber. Pero no es suficiente guardar los últimos seis mandamientos del Decálogo. Tenemos que amar al Señor nuestro Dios con todo el corazón. Nada inferior a la obediencia a cada precepto —nada que sea menos que el amor supremo a Dios y amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos— puede satisfacer las demandas de la ley divina (Comentario bíblico adventista, tomo 2, pp. 1005, 1006).

(550)

Spread the love
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  

DEJA UN COMENTARIO

Comentarios

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

*