NOTAS DE ELENA 2013

El matrimonio: un don del Edén

El que creó a Eva para que fuese compañera de Adán realizó su primer milagro en una boda. En la sala donde los amigos y parientes se regocijaban, Cristo principió su ministerio público. Con su presencia sancionó el matrimonio, reconociéndolo como institución que él mismo había fundado. Había dispuesto que hombres y mujeres se unieran en el santo lazo del matrimonio, para formar familias cuyos miembros, coronados de honor, fueran reconocidos como miembros de la familia celestial.

Cristo honró también las relaciones matrimoniales al hacerlas sím­bolo de su unión con los redimidos. Él es el Esposo, y la esposa es la iglesia, de la cual, como escogida por él, dice: “Toda tú eres hermosa, amiga mía, y en ti no hay mancha” (Cantares 4:7).

“Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para san­tificarla limpiándola en el lavacro del agua por la palabra, para… que fuese santa y sin mancha. Así también los maridos deben amar a sus mujeres” (Efesios 5:25-28) (El ministerio de curación, p. 275).

El matrimonio, unión para toda la vida, es símbolo de la unión de Cristo con su iglesia. El espíritu que Cristo manifiesta hacia su iglesia es el mismo espíritu que debe reinar entre los esposos.

Ninguno de los dos debe tratar de dominar. El Señor ha presentado los principios que deben guiamos. El esposo debe amar a su esposa como Cristo amó a la iglesia. La mujer debe respetar y amar a su mari­do. Ambos deben cultivar un espíritu de bondad, y estar bien resueltos a nunca perjudicarse ni causarse pena el uno al otro (Joyas de los testi­monios, t. 3, pp. 96, 97).

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